septiembre 2, 2026

La Cámara de Representantes ha tenido históricamente un papel significativo para la comunidad y sus votantes. Figuras que en su momento fueron aplaudidas, criticadas o que, simplemente, estuvieron presentes en la escena pública, hoy buscan hacerse notar otra vez. Creen que están respaldados, convencidos de que harán un buen papel, pero en gran medida nunca permiten que otros participen. Se ostentan con la idea de contar con una votación abrumadora para inflar el expediente electoral. Algunos dicen haber trabajado por la comunidad; otros han demostrado sobradamente que solo actúan por intereses propios.Arrogancia y ausencia de humildadLa arrogancia se palpa en los discursos: quienes desean a toda costa ser protagonistas, quienes creen que solo ellos tienen la capacidad, quienes no toleran que otros tengan voz. La humildad queda relegada. Mientras algunos candidatos repiten logros, otros parecen encasillarse únicamente en la visibilidad habitual en épocas electorales.Promesas vacías y el elector como espectadorEl electorado recuerda. Y mientras recuerda, mantiene intacta su memoria visual sobre las jugadas burocráticas pasadas: contratos dudosos, compromisos incumplidos, obras inconclusas, utilización de cargos públicos para favores discretos. Desea evitar la repetición de ese modelo en las nuevas candidaturas.Se vuelve frecuente encontrar candidatos que solo aparecen durante la campaña. Surgen de la nada con discursos prometedores, con sonrisas, con arengas, pero sin respaldo claro de acción previa. Su fortaleza parece residir más en la capacidad para persuadir que en la historia concreta de servicio.Politiqueo y sofismas partidistasLos partidos también tienen responsabilidades: juegan con distracciones, con sofismas, con la manipulación de la fe en el “cambio”. A veces, el cambio es solo un lema, una palabra repetida para ganar votos, sin planes concretos detrás. Otros dicen ser independientes, pero dependen de estructuras políticas, de alianzas, de compromisos adquiridos. La independencia, muchas veces, no pasa de ser un recurso retórico.El deseo de ocupar cargos públicos se convierte en fin en sí mismo. Se usan las elecciones como vitrina, los votos como demostración de poder. Mientras tanto, el ciudadano espera soluciones reales: mejores vías, salud, educación, seguridad; servicios que mejoren su calidad de vida. Pero esas promesas quedan suspendidas en discursos electorales, muchas veces sin concreción posterior.Facatativá, Cundinamarca y la pérdida de representaciónFacatativá, por ejemplo, está en una situación delicada. Tenía potencial electoral más que suficiente —más de 110.000 electores— como para colocar representante. Pero parece haber perdido ese derecho ante el ego, el egocentrismo y la envidia. Se debate entre quienes regresan de afuera con pocos logros locales, y quienes, aun siendo del territorio, actúan más para favorecer sus círculos cercanos que para trabajar por el común.Ese derroche de promesas falsas, de protagonismo personal, de discursos vacíos, de empleos clientelistas, termina erosionando la confianza. Se convierte en indiferencia, hastío. Y cuando la gente ya no quiere saber más, cuando siente que su voto no traerá ningún cambio auténtico, ese acto cívico se reduce a un ritual.Consecuencias y reflexionesDesconfianza institucional: Cuando los representantes muestran poca transparencia, poca conexión real con las comunidades, la institución pierde legitimidad.Desafección ciudadana: Muchos electores deciden abstenerse, por creer que ningún candidato responderá realmente a sus necesidades.Concentración del poder real: Los mismos nombres, los mismos partidos, los mismos liderazgos consumen la escena electoral, dejando poco espacio para renovaciones auténticas.Necesidad de compromiso real: Lo que la comunidad pide ya no son promesas grandilocuentes, sino trabajos verificables, rendición de cuentas, proyectos que trasciendan las elecciones.ConclusiónSi la Cámara de Representantes aspira a ser algo más que una vitrina electoral, debe renovarse desde adentro. Necesita representar con honestidad a quienes lo eligen, abrir espacios reales para quienes han trabajado, ser coherente con lo que promete. Elegir un representante no es solo votar por un nombre que suena fuerte: es depositar esperanza, responsabilidad, expectativas.Facatativá, Cundinamarca, Colombia entera, merecen que ese compromiso sea verdadero. Que quienes lleguen sepan que su responsabilidad es pública, que su legitimidad se gana trabajando; no solo hablando. Que la política no esté al servicio del ego, sino de los barrios, de los estudiantes, de los ancianos; de todos.

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