Cundinamarca entre lucha, esfuerzo y esperanzaDesde el pasado 8 de junio, el departamento del Sagrado Corazón ha vivido una de las rachas más difíciles en su historia reciente. Una serie de desastres naturales han golpeado con fuerza su territorio, dejando una estela de destrucción en sus ecosistemas, su infraestructura y en el corazón mismo de su gente.El primer sacudón fue literal. Un terremoto con epicentro en Paratebueno y Medina estremeció la región, generando afectaciones estructurales, cortes de servicios y temor generalizado. Pero no fue solo eso. Lo que parecía un evento aislado, dio paso a un encadenamiento de emergencias naturales y sociales.Las intensas lluvias que siguieron al sismo provocaron graves inundaciones en varios municipios, entre ellos Gualivá, Útica y Quebradanegra. Las imágenes de casas anegadas, vías convertidas en ríos y comunidades incomunicadas dieron la vuelta al país. Mientras algunos intentaban salvar lo poco que quedaba, otros comenzaban a organizarse para resistir lo que parecía una tormenta interminable.A los estragos del agua se sumaron los incendios forestales, que arrasaron con hectáreas de bosque en otras zonas del departamento. El contraste era brutal: mientras en unos sectores el agua lo cubría todo, en otros el fuego consumía lo que encontraba a su paso.La situación en las vías también se agravó. Un derrumbe en el corredor que comunica a Bogotá con Villavicencio, a la altura de El Llano, paralizó el tránsito y profundizó el desabastecimiento. Hoy, la escasez de insumos y productos comienza a sentirse con fuerza, no solo en las tiendas, sino también en los bolsillos de los ciudadanos, que ya enfrentan el alza de precios y una economía local resentida.Como si fuera poco, los constantes cortes de energía eléctrica por fallas en las redes han puesto en jaque la operación de hospitales, escuelas y empresas, sumando incertidumbre a un panorama ya complejo.Ante este cúmulo de crisis, las autoridades locales han mantenido un esfuerzo continuo, dentro de sus capacidades, para brindar soluciones y acompañamiento. El gobierno departamental, con recursos limitados, ha trabajado en la atención de emergencias y en la articulación de ayudas, pero la solicitud al Gobierno Nacional es clara y urgente: se necesita más apoyo, más presencia, más preocupación real por la comunidad.Hoy, en el departamento del Sagrado Corazón, no todo es desolación. La gente ha salido al frente, con la solidaridad como bandera. Las comunidades, juntas, están decididas a no dejarse vencer. La apuesta colectiva es a la recuperación con resiliencia, energía y contundencia, convencidos de que, aunque el panorama sea gris, la esperanza aún tiene raíces profundas en esta tierra herida pero digna.

